Trajeron en sus manos
una cuna colmada de penas.
Allá lloraba un niño
con las manos rotas
de tanto golpear;
Y se fue en el horizonte,
hundido en pánico y sangre,
un suspiro aclichetado
de dolor e insanía.
Nadie preguntó que pasa.
Lo vieron asfixiarse en vómito
de flores y nadie estiró la mano.
Hace frio en la liturgia
porque el marmol llora.
Todos tus cristos miraron
un juglar que se moría.
Nadie dijo nada,
y nos trajeron, imbéciles,
una cuna y un cadaver
llenos de penas y flores retorcidas.